agosto 14, 2020

Oratorios del Amor Divino

No se puede hablar de los Clérigos Regulares ni comprender su prodigiosa eclosión sin parar en la cuna que meció y alimentó sus ideales: El Oratorio del Amor Divino.
Del Oratorio de Roma trazó las coordenadas con precisión Von Pastor en su «Historia de los Papas»: «Mientras casi todo el mundo oficial de la Curia romana militaba bajo las banderas de la política; mientras la corrupción moral y la frivolidad del clero italiano, y no menos de los prelados romanos, subían hasta un punto espantoso, y León X, sin cuidarse de las señales de los tiempos, se sumergía en el tumulto de la fastuosa vida profana y de los placeres estéticos, en Roma, cierto número de varones, eclesiásticos y seglares, animados del divino espíritu, y significados por la virtud y el saber, se reunían en hermandad, a la que, de muy significativa manera, dieron el nombre de Compañía del Amor Divino.
Hay que insistir en la trascendencia de los Oratorio del Amor Divino en la reforma de la Iglesia. En ese ambiente de distracción mundana que describe Von Pastor los núcleos de fermentación y de inquietud depositarios de las fuerzas de un nuevo despertar se concentraban en aquellos focos de silencio y de actividad desconocida que fueron los oratorios. De ellos nacieron los Clérigos Regulares. Hoy conocemos su historia y sus intenciones.
El primer grupo parece que nació en Vicenza antes del 1500, después de una misión predicada en 1494 por el beato Bernardino de Feltre. De Vicenza pasó a Génova por obra de Héctor Vernazza y un grupo de amigos, todos ellos discípulos de Santa Catalina de Génova. Aquí el grupo se llamó por primera vez Compañía del divino Amor (Societas divini Amoris la llama León X en el Breve de aprobación del 27 de noviembre de 1512). Ambos grupos tienen como patrón al gran doctor, tan admirado entonces, san Jerónimo, amante y venerador de la Sagrada Escritura. De Génova el Oratorio pasó a Roma en un salto en el que tuvo la mano San Cayetano ayudado por el grupo genovés. Más tarde, y llevado siempre de la misma mano, la Compañía llegó a Venecia, Verona, Padua, Brescia, Saló y Nápoles.
El Oratorio surgió en los momentos en los que ya se hacía improrrogable una reforma de la Iglesia y, a la vez, en los momentos en los que se veía claro que no se la podía esperar empujada y dirigida desde la altura, tal como mostraba en aquellos días el concilio ecuménico V de Letrán (1512-17). La gravedad de la situación había sacudido poderosamente a aquellos diminutos grupos de hombres piadosos e ilusionados que decidieron poner manos a la obra en el silencio y en el secreto, en la noche del surco donde germina la semilla, empeñándose a empezar en el propio interior de la reforma de la Iglesia. El teatino, el P. Antonio Caracciolo dirá más tarde: «Aquella compañía era como una ciudadela desde la que se vigilaba la fidelidad a la vocación cristiana y la oposición tenaz a la epidemia creciente del vicio y los abusos», justamente el primero de los estatutos de la Compañía era así: «Nuestra confraternidad no ha sido instituida sino para plantar y arraigar en nuestros corazones el amor de Dios, esto es, la caridad. Por eso la hemos llamado Confraternidad del Amor Divino».
Los rasgos esenciales del Oratorio del Amor Divino son los siguientes:
1. Grupos pequeños de hombres acuciados por el deseo de una reforma en profundidad. Esa reforma comienza en el corazón y en el secreto de la propia vida.
2. La idea del Amor como fundamental. Al amor queda subordinado todo lo demás.
3. Era una asociación secreta. No se hacían públicos ni los programas ni los individuos ni los éxitos.
4. No interesaba el número; era indispensable la calidad. Una calidad que se obtenía por dos caminos: la selección y la formación.
5. El laicado aflora seriamente como responsable de una época nueva en la Iglesia de Cristo.
RASGOS CARACTERÍSTICOS
Los rasgos característicos que distinguen a las Órdenes de Clérigos Regulares en relación a los monjes, los mendicantes y los canónigos regulares, han de ser reseñados teniendo en cuenta las diferentes expresiones de vida adoptadas recientemente, así como sus constituciones puestas al día según el espíritu y los decretos del Vaticano II.
Los clérigos regulares partieron de un género de vida muy afín al de los monjes, de los mendicantes y, especialmente, de los canónigos regulares. Son de origen monástico los grandes rasgos de su disciplina, que son muy fáciles de identificar en las órdenes de cuño italiano, especialmente en los teatinos y los barnabitas: Recitación del oficio coral, prácticas penitenciales, costumbres conventuales. Cuando, en 1604, los teatinos dieron a la imprenta, por primera vez, sus Constituciones, era muy fácil acertar por dónde y cuánto se parecían en muchos detalles a las de los Ermitaños de San Agustín aprobadas en 1580. El primer capítulo trata siempre De horis canonicis, como en la mayoría de las reglas monásticas del tiempo (Silvestrinos, Celestinos, hasta la Trapa de 1715). Ello se explica muy bien en el seno de una religión que tenía por meta ser typus et exemplar ecclesiasticis, de los que es propio tener en grande estima el servicio del culto divino.
Pero a la vez habrá que tomar nota de un hecho: El estilo de vida adoptado por los clérigos regulares constituía un primer paso de distanciamiento de la disciplina monástica: Ninguno de esos institutos profesó una regla en el sentido tradicional; se rigen por sus propias constituciones. Y esas constituciones muestran, entre otras características, una muy propia: Una forma de gobierno mucho más centralizada, maleable y dinámica que las de las órdenes anteriores. Hay que notar muy bien, por ejemplo, que la dificultad que solían oponer a hacerse cargo de iglesias parroquiales provenía no sólo de su renuncia sistemática a los beneficios con cura de almas, sino de la necesidad de movilidad de los miembros de ellas que requería su especial actividad pastoral. Los monasterios y conventos se llamaron casas. El breve de fundación de los teatinos les facultaba para habitar in quibuscumque religiosis vel saecularibus locis; con todo, mantuvieron la clausura papal.
Su vestido era el común y acostumbrado entre los sacerdotes: Qui honestos deceat clericos, será la fórmula prácticamente común en todos los decretos de aprobación. Y esta norma servirá incluso para los clérigos regulares adornados de la dignidad episcopal o cardenalicia. En cuanto a la precedencia, tendrán su lugar después de los canónigos regulares, los mendicantes y los monjes.
Entre ellos, el oficio coral se practicaba más por devoción y prescripción de las constituciones que por una imposición estrictamente canónica como el caso de otros regulares. Y ese oficio no se celebraba en la forma solemne y prolongada de los canónigos regulares. El breviario, el misal y los otros libros litúrgicos eran los comunes y ordinarios de la liturgia romana.
Por otra parte, su vida no tiene la fuerte tendencia a la soledad y a la contemplación propia de los monjes, ni pone el acento tan pronunciado en la profesión de la pobreza común como los mendicantes. Por eso, su modo de vida es menos austero, al tener en cuenta las múltiples obras de apostolado a las que se dedican. De hecho, estos regulares, aun en su alejamiento del mundo, propio de su vida de clérigos consagrados, no abandonan el mundo, y, mientras estiman y aprecian y practican la contemplación, se dedican allá fuera a las más diversas y nuevas obras de apostolado; actividades que van desde la formación del clero a la asistencia a los enfermos, de la educación de la juventud a la evangelización de los infieles, del servicio parroquial a la asistencia a la infancia abandonada. Actividades, como se ve, comunes normalmente a los simples clérigos.