agosto 14, 2020

Santa María de Iranzu

La historia de Iranzu es vieja y entrañable.

La historia de los Teatinos en Iranzu es muy joven todavía, pero entrañable también, porque por Iranzu han pasado todos los jóvenes Teatinos españoles. Iranzu y su iglesia de Santa María son el prototipo de la austeridad cisterciense. Enclavado en un pequeño valle, el monasterio, de orígenes inciertos, es una joya escondida.

En la primera mitad del siglo xi se habla ya del monasterio de San Adrián, pequeña capilla que hoy se conserva perfectamente restaurada. Y, al lado de esa primitiva iglesia, se iba a levantar uno de los más poderosos monasterios bernardos de Navarra.

No nos importa tanto la historia del monasterio como nuestra propia historia Teatina en él.

Las guerras, las desamortizaciones, los saqueos y tantas otras causas, unidas a la exclaustración, sumieron al monasterio en un montón de escombros, hasta que en 1942 una Comunidad Teatina se hace cargo del mismo.

El 5 de agosto de ese mismo año se entrevistan en Pamplona los representantes del gobierno de la Orden y los de la Diputación de Navarra. En esa entrevista se aprueba el proyecto de restauración del Monasterio por parte de dicha Diputación.

Las obras son múltiples: carretera, saneamiento, descombro… Y tres años después se celebra en Iranzu la primera misa Teatina: Era el 5 de agosto de 1945. La vida religiosa se impone y poco más tarde -el 26 de septiembre- con la aprobación pontificia se erige en Iranzu la Casa Noviciado, quedando el Santísimo reservado ya el día siguiente.

El 26 de mayo de 1946 comienza la vida Teatina plenamente allí.

El Noviciado, la escuela apostólica y el trabajo sacerdotal en los pueblos vecinos va a ser la nueva tarea de los hijos de San Cayetano en estas tierras navarras, tan profundamente cristianas.

Desde entonces, cuantos hemos sentido la vocación Teatina, hemos conocido la espiritualidad y el mensaje del Padre de Providencia durante el año de noviciado en este antiguo Monasterio.

De allí han brotado vocaciones sacerdotales y religiosas, tal como esperaban los religiosos encargados del resurgir de Iranzu.

Hoy vivimos con la esperanza de prestar a Navarra un servicio apostólico, ofreciendo nuestra Casa para convivencias, ejercicios espirituales y todas aquellas tareas que ayuden a unir más a nuestros hermanos los hombres con el Padre de todos.